Los hijos imperfectos

Hace algunas semanas me encuentro en sala de espera del médico una madre y una hija a las que observo  con cierta  perplejidad. La madre en cuestión se dedica a dar el coñazo a su hija sobre cómo hacer los dibujos, cómo colorear,  sentarse, hablar… Lo que se conoce como madre peñazo. Enseñar a tus hijos no es malo, es recomendable y necesario, lo que me tiene alucinada es la insistencia y el autoengaño.
Una de esas tardes la niña, que tiene 4 años, quiso hacer una dibujo. La madre se sentó junto a ella, y empezó a corregir todo lo que hacía: “Los brazos no van ahí, el sol es amarillo, los ojos no están alineados, no te salgas de la línea al colorear, cuidadoooo”. La niña resoplaba. Una vez acabó el dibujo se lo enseñaron a uno de los sanitarios que rondaban por el centro. El hombre alucinó, era un dibujo perfectamente coloreado y proporcionado. La madre muy orgullosa aclaró: “¡Pepita dibuja muy bien, nunca se sale de la líneas, y ¡solo tiene 4 años!” ¿Cómorrr? ¿A quién están engañando? Al señor no, desde luego,  ni le va ni le viene si la niña dibuja bien o hace pegote.
Desde entonces pienso mucho en esa escena y me pregunto si alguna vez soy así. Seguro que si. A todos nos justa presumir de las monerías y capacidades que tienen nuestra prole. ¿Cómo puede afectar a su desarrollo esta exigencia y expectativa que ponemos en ellos? ¿Qué pasa con nuestros hijos cuando se dan cuenta que no son los que mejor dibujan? Los niños, en general, tienen poca tolerancia a la frustración. No les gusta perder ni que a su amiguito del alma le feliciten y a ellos no.
¿Cómo debemos actuar los padres frente a estas situaciones?
No lo sé. Todos queremos educar a nuestros hijos para que el día de mañana sean personas seguras y con una gran autoestima. Papá Crusoe y yo practicamos el refuerzo positivo . Aplaudimos las cosas que hacen bien. Las que no intentamos darle la vuelta para que no les genere frustración, reflexionando sobre la importancia real o buscando soluciones. A pesar del esfuerzo no podemos controlar lo que la Niña siente cuando se da cuenta que no habla bien o no sabe escribir el número 4. Podríamos sentarnos horas y horas con ella repasado los números, quitarle importancia o corregirla cuando habla. No lo hacemos, dejamos que crezca sin presión, que madure, ayudamos cuando lo pide, mantenemos largas conversaciones con ella y vamos al logopeda. Leemos juntos y dibuja lo que quiere y como quiere ¿Es la opción correcta? No lo sé, vemos la evolución de  nuestros hijos y crecen felices, pero quizás nos estemos equivocando. La maternidad es una duda constante.
Y escribiendo esto me surge otro tema: niños y su exposición.
He de confesar que no me gustan los niños “estrella”. Esas escenas donde un adulto le pide al crío que bailé la canción de moda, o cuente un  chiste, me dan repelus. Confieso que ejerciendo de una buena malamadre caigo, y hago bailar a los mellizos el Gangnam Style. Después me arrepiento pero no me puedo resistir, es pá morirse de risa. No me gustan esos programas de TV donde un grupo de niños salerosos hacen preguntas a un famoso. Me cuesta entender a los padres que llevan a sus hijos a miles de castings. ¿Y si no triunfan? ¿Y si les dicen que no son lo suficientemente rubios? ¿o morenos? ¿Y si se dan cuenta que no son perfectos? Quizás tenga tendencia a sobreproteger a mis hijos de una frustración temprana pero los niños deben disfrutar, sentarse mal, mancharse, jugar…para poder crecer sin saltarse etapas. Y aprender a gestionar la  frustración, por supuesto, pero jugando pica-pared o intentando aprender el número 4, como niños.

 

 

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